Dossier Perspectives: Viento de cambio para el Agro

El sector agroindustrial es el más competitivo de la estructura económica argentina: provee el 50% de las exportaciones, lo que tiene impacto en la balanza comercial y el flujo de divisas. La salud macroeconómica del país está fuertemente vinculada con la evolución de este sector, que por otro lado es muy sensible a los estímulos económicos.

Perspectives, Noticias de la CCIFA  |   | Héctor Huergo, Periodista Agropecuario desde 1967. Actualmente, pro Secretario de Redacción, Responsable de Clarín Rural. Ex Presidente del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria y actual Presidente de la A. A. de Biocombustibles e Hidrógeno.

La Argentina busca aprovechar y optimizar su enorme potencial en el rubro agropecuario para impulsar los negocios, inclinar la balanza comercial y dinamizar la economía.

La Argentina se apresta a recoger la mayor cosecha de granos de su historia. La producción agrícola alcanzará un total de 130 millones de toneladas, unos 30 millones más que el promedio de las cinco campañas anteriores. De esta manera, supera de un solo salto el estancamiento que sobrevino como consecuencia del fuerte desestímulo que sufrió este sector clave de la economía nacional. Y vuelve a colocarse en un primer plano mundial, como gran proveedor de cereales (trigo y maíz), además de su fuerte peso en el mercado de la soja y sus derivados. El sector agroindustrial es el más competitivo de la estructura económica argentina: provee el 50% de las exportaciones, lo que tiene impacto en la balanza comercial y el flujo de divisas. La salud macroeconómica del país está fuertemente vinculada con la evolución de este sector, que por otro lado es muy sensible a los estímulos económicos.

Un poco de historia

Para comprender la naturaleza del proceso, vale la pena repasar la historia reciente. Hacia 1990 el agro exhibía un escaso dinamismo, con un lento ritmo de crecimiento. Había perdido posiciones como exportador de trigo, maíz y carne vacuna. Entre 1994 y 1996, la cosecha se había estabilizado en 45 millones de toneladas. Un tercio (15 millones) era soja; el resto, fundamentalmente trigo y maíz, con una participación marginal de otros productos como girasol, sorgo, arroz y cebada.

Entre 1996 y 2006, la producción da un salto gigantesco, más que duplicándose. La gran actora de esta expansión es la soja, que triplica el área sembrada (pasa de 6 a 20 millones de hectáreas). Los cultivos de maíz y trigo mantienen o reducen la superficie, pero compensan la menor área de siembra con un aumento sensible de los rendimientos, fruto de un uso masivo de nueva tecnología. Durante décadas, el campo argentino se mantuvo ajeno a la “revolución verde” que habían experimentado los países de agricultura más avanzada, en la Unión Europea y los Estados Unidos. A diferencia de lo que sucedía en aquellas naciones, donde el sector agrícola recibía apoyo oficial a través de distintos mecanismos, en la Argentina las politicas públicas discriminaban negativamente al sector. El mecanismo que rigió durante décadas fue el de los derechos de exportación o “retenciones”, un impuesto que implicaba una quita sobre el precio que recibían los productores. Como contraparte, todos los instrumentos para producir (equipos ccomo tractores, sembradoras, cosechadoras, insumos como semillas, agroquímicos y fertilizantes) tienen precios “dólar lleno”. Esto altera profundamente la relación insumo-producto: se compra con un dólar y se vende con otro mucho más barato. La consecuencia es que se encarece la tecnología, ya que se requieren más kilos de trigo, maíz o soja para comprar un tractor, una cosechadora o una tonelada de fertilizante.

Esta fue la razón por la que la adopción de la tecnología de la revolución verde no fue posible en la Argentina. A principio de los años 90, se unifica el tipo de cambio y se eliminan los derechos de exportación. Este cambio en las reglas motivó un fuerte proceso de modificaciones en todos los sistemas de producción. Incluso desde la genética, que hasta entonces no podía aumentar a un alto potencial de rendimiento porque era imposible nutrir bien a los cultivos y defenderlos de plagas y enfermedades.

Un sistema revolucionario

Cuando este proceso estaba en marcha, llegó una nueva oleada de tecnología a través de la soja transgénica, que tenía la capacidad de tolerar el herbicida glifosato. Los agricultores rápidamente desarrollaron un nuevo sistema de producción, basado en la “siembra directa”. El laboreo convencional, que implicaba varias “pasadas” con distintas herramientas para la preparación de la cama de siembra, fue rápidamente sustituido por este nuevo sistema. La eliminación de las malezas, que antes combinaba herbicidas con labores mecánicas, se facilitó con la tecnología “RR” (Roundup Ready) y la aplicación de glifosato.

La implementación de la siembra directa permitió además recuperar los suelos erosionados por el laboreo convencional. Al trabajar sobre los residuos del cultivo anterior, se va regenerando la materia orgánica de los suelos, lo que significa una mejora de los parámetros fisico-químicos y biológicos de la tierra. Se aprovecha mejor la humedad, ya que el agua de lluvia queda retenida en el perfil del suelo, más esponjoso. Los residuos en superficie también resuelven el problema del impacto de la gota de lluvia sobre el suelo desnudo, típico de los suelos muy trabajados con herramientas y carentes de materia orgánica.

La llegada de la siembra directa significó también el final del sistema productivo clásico, donde se alternaban 3 o 4 años de pasturas para el ganado, con un período similar de cultivos. Se comenzó a realizar agricultura continua, en rotación de tres cultivos (maíz, trigo y prevalencia de la soja). La ganadería de cría bovina se trasladó a los grandes pastizales del Noreste y Noroeste argentinos. Los terneros destetados “bajan” a la pampa húmeda para ser terminados en corrales de engorde, que aprovechan el bajo precio de los granos. Tras 10 años de crecimiento continuo, donde se pasó de 45 a 100 millones de toneladas en un proceso bautizado como “Segunda Revolución de las Pampas” (el primero había sido un siglo antes, con la conquista territorial), el campo se estancó nuevamente. Fue la respuesta al regreso de los mecanismos clásicos, que capturaban el ingreso del sector a través de impuestos a la exportación. Se deterioró la relación insumo-producto y se detuvo la revolución tecnológica. Con la llegada del ggobierno de Mauricio Macri, en diciembre de 2015, se eliminaron las retenciones y todas las restricciones a la exportación; además, se unificó el tipo de cambio. Esto permitió retomar el flujo de adopción de tecnología, y ahora un nuevo dinamismo recorre las pampas. Hace pocos días se realizó Expoagro, un gran evento que mostró a un campo muy pujante y deseoso de invertir.

El campo, auténtico “imán” de inversiones

A pesar de los vaivenes de la política macroeconómica, el sector agroindustrial siempre atrajo inversión externa. En 25 años se gestó el mayor cluster mundial de procesamiento de soja, sin duda la locomotora de este ciclo. Se hicieron inversiones por más de 10.000 millones de dólares en plantas de “crushing” (separación de los componentes de la soja, aceite y harina de alto contenido proteico) y de biodiesel. La Argentina es el mayor exportador mundial de los tres productos, y la UE es uno de los principales mercados.

Todos los grandes actores globales del agronegocio tienen hoy fuerte presencia en la Argentina: una docena de empresas con operaciones industriales de gran envergadura. Prácticamente la totalidad de la soja argentina sale convertida en estos productos. Una de ellas, Glencore, acaba de anunciar la ampliación de su planta de molienda y producción de biodiesel en Timbúes, sobre el río Paraná, donde se concentra el cluster sojero. Procesará 30 mil toneladas diarias, lo que significa el ingreso de mil camiones por día al complejo. Desde allí se atenderán más de cien destinos. El mayor importador mundial de soja, China, también está presente con operaciones propias. Acaba de adquirir dos compañías de gran presencia en el país: Noble y Nidera. Ambas cuentan con puertos propios y plantas de proceso.

Pero no todo es granos. La producción ganadera sigue generando interés, tanto para el mercado interno (90% de la faena) como para la exportación. El boom agrícola facilitó también la expansión del sector avícola y, más recientemente, la producción de cerdos. Todos estos sectores se han convertido en polos de atracción para inversores locales e internacionales.

Más allá de lo que está ocurriendo con los productos típicamente pampeanos, como los granos y las proteínas animales, también hay un desarrollo muy interesante en otros rubros agroindustriales. Entre ellos se destacan los sectores citrícola (la Argentina es el mayor exportador de limones), vitivinícola, olivícola y frutícola.

Cuestiones por resolver

La especialización agroindustrial de la Argentina no ha logrado resolver los problemas de pobreza estructural que han eclosionado en los últimos años. Sin embargo, ha permitido mitigar la crisis social proveyendo recursos para atender las necesidades básicas. Lo que se espera, de aquí en más, es que el mayor dinamismo del agro vaya difundiéndose por toda la economía, como parece estar sucediendo con la reactivación de la industria automotriz: el vehículo más vendido en la Argentina es la camioneta usada por los productores del campo. Mientras tanto, el telón de fondo global para los agronegocios sigue siendo favorable: la consistente demanda de los países asiáticos, principalmente China, auguran una segura colocación del flujo creciente de la producción agroindustrial argentina.


ExpoAgro 2017 (Gentileza: ExpoAgro)

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